Pozos gobernador






Con esta historia doy inicio a la serie "Los candidatos" que promete momentos inolvidables. Va.

El caso Kalimba fue desmenuzado en las redes sociales con saña inaudita: ahí se cruzaron apuestas sobre su culpabilidad; se hicieron conjeturas sobre si el tamaño de su herramienta estaba vinculado con su color de piel; se estableció que las jovencitas del escándalo son de las que gustan más de la pasta de guayabo que del puchero de tres carnes; Chabelita dio una idea genial para un nuevo eslogan turístico: “Visite Cancún: si Ana Bárbara los atropella, Kalimba los recoge”; y Rosaura plantó una sentencia irrebatible: “El que con niños se acuesta, termina wishado”.

Al final Kalimba salió del tanque por falta de pruebas, pero el hedor de orín adolescente lo perseguirá por mucho tiempo. Ahora bien, la sentencia de Rosaura me recordó una historia parecida cuyo elenco incluye travesti, político que en ese entonces vegetaba en el Palacio Legislativo, guachomas (sexoguaruras), toneladas de silicón y una refulgente charola. Doy los pormenores:

Años atrás, un diputado local -que ahora suspira por la gubernatura desde una importante Secretaría y es el oscuro objeto del rencor de Roberto Sarniento-, buscó, encontró y se acostó con un travesti de no malos bigotes, un portento de silicón fabricado en Cancún que había venido a Campeche a probar suerte y paseaba sus cachondeces ahí por la vieja terminal de ADO.

Después de la faena, que debió haber sido épica, el entonces diputado se durmió, o para ser más precisos, cayó en una especie de desmayo cuyo efecto se acentuó por los muchos tragos que se había metido antes de recoger a su amante, y el travesti aprovechó y le robó todo, hasta la charola.

En los días siguientes el travesti, a sabiendas que había robado a un mandril con cierto poder, se escondió en su casa a piedra y lodo mientras los guachomas del diputado le seguían el rastro por todos lados, sin encontrarlo.

Fue un perrero (vendedor de hot dogs), amigo del travesti y testigo circunstancial del drama, quien habló con los perros de presa del diputado. Les dijo que él sabía dónde vivía el engendro plástico, que no lo delataría pero por una lana podía llevar el recado.

En realidad el diputado sólo quería su charola; lo demás: cartera, cadenas, esclavas, reloj, teléfonos celulares, pomo de gel “Mi marca Chedraui” y lentes puede quedárselo, le dijeron.

El perrero cumplió con la encomienda y dos días después entregó la charola a los guaruras del legislador; a cambio recibió dinero y la advertencia de estar obligado a guardar silencio de por vida, si no quería que le levantaran cargos por retacar los perros calientes con yerba mala.

La moraleja, Rosaura, tal vez sería:

“El que con diputados se acuesta, con charola se levanta”.

Y si esa no te gustó, te la cambio:

"Diputado que se duerme, amanece sin charola".

Post scriptum: un día antes del affaire con el diputado, el travesti fue pretendido por un periodista de larga trayectoria, estandarte de la libertad de prensa y director de un importantísimo medio local, que para no variar también estaba “mamado”, pero la relación no se consumó. La aparición inoportuna de unos conocidos obligó al periodista a huir. De no haber sido así, podríamos estar hablando de una moraleja distinta que ya pueden ustedes imaginar.

En la próxima entrega: "Roberto Sarniento contra los Intramuros". Si te apellidas Lavalle, Maury, Gantús, Escalante, etcétera, léelo. Es posible que así salves la vida.




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