Qué suerte tiene Pozos

Lo digo por dos muy poderosas razones. La primera. Desde el inicio de su campaña fue notorio que Pozos no quería debatir. No podía. Por un lado, no tiene la sal en la mollera para arriesgarse a un ejercicio como ese; por el otro, su carrera como político y funcionario está marcada por el enriquecimiento escandaloso, cuyo origen no puede ser otro que la cleptomanía. En suma, para Pozos debatir significaba una catástrofe bíblica pero las circunstancias jugaron a su favor. El delegado del IFE, tan lejano de los preceptos democráticos por los que debe velar ese organismo y tan cercano a la generosidad del Cuarto Piso, esgrimió toda suerte de insensateces legaloides y crónicas marcianas para impedir el debate entre candidatos a legisladores federales que propusieron Lavalle y Layda. La terquedad del delegado fue la salvación para Pozos, a quien no le alcanzarán los días de su vida para agradecérselo, pero dejó en claro que las sospechas de parcialidad del IFE son más que fundadas. ...